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sábado, septiembre 30, 2006

Hola a todos el siguiente es un cuento que escribí hace poco. Espero que les guste.

Tan sólo un instante

¿Qué hubiera pasado si yo…?
Si pudiera regresar el tiempo y borrar ese instante; tan sólo cambiar mi destino, pero es imposible… Si nos hubiéramos conocido un poco antes, todo hubiera sido diferente…
Recuerdo bien aquella tarde, era otoño; las hojas de los árboles caían sin cesar convirtiendo las calles en una avenida dorada. Tras un arduo día de trabajo, me encontraba recorriendo el parque central; un buen paseo es el remedio para encontrar un poco de paz en esta agitada ciudad. Me estremecía al escuchar el crujido de las hojas bajo mis pies, las risas de los niños jugando sin cesar, el trinar de las aves entonando una hermosa melodía y ver a las parejas derramar miel.
Fui directo a mi lugar favorito, aquella banca situada justo frente a la fuente; en donde el tiempo parece no existir; pues un minuto se convierte en eternidad. ¿Alguna vez te has detenido un momento a admirar lo que hay a tu alrededor? Es increíble que algo tan simple como una puesta de Sol que ocurre día a día, se convierta en algo mágico. Y eso era lo que necesitaba, encontrar nuevamente la magia e imaginar tan sólo por un instante que mi vida no ha sido un desperdicio. Suena bastante cruel ¿no?, pero es la verdad; no puedo decir que he vivido siempre en la desgracia pero tampoco puedo admitir que he sido completamente feliz…
Desde niño tuve una vida diferente a la de los demás, mi papá siempre estaba de viaje, mi madre trabajando porque no quería estar en casa pues lo extrañaba demasiado, y yo me quedaba solo. Mi compañía era la imaginación y mi perro Manchas. Era feliz anhelando que cuando mi papá regresara de viaje, ya no se iría más de mi lado y mi mamá podría dejar de trabajar y juntos ser una familia, platicar, jugar y reír. Pero en uno de los tantos viajes de mi papá, ocurrió un terrible accidente y falleció. Mi mamá estaba devastada; se la pasaba llorando y al poco tiempo enfermó. Aunque la revisaron muchos doctores, no pudieron encontrar cura alguna para su enfermedad, y a los 3 meses murió. Así me quede solo, bueno me enviaron con mi abuela; pero no puedes pedirle a una mujer de 72 años, quien posee falta de memoria a corto plazo, crié a un niño de 8 años adecuadamente. Más bien era yo quien cuidaba de ella, bueno entre los dos nos hacíamos compañía.
Mi abuelo había fallecido unos años antes y desde entonces ella no era la misma. Siempre hablaba de él, y creía verlo todas las noches sentado en su sofá leyendo el periódico y fumando su puro. Cada que pasaba eso la tomaba de la mano y la abrazaba y le decía que él no estaba ahí, pero como insistía y hasta se ponía a hablar con él. Sólo viví con ella 8 años. A mis 16 años, ya me creía lo suficientemente hombre para poder seguir con las riendas de mi vida, así que uno de mis tíos financió parte de mis estudios. Lo restante dependía de mí, y así fue como empecé a trabajar por las tardes en una pequeña tienda de abarrotes. Lograba conseguir lo suficiente para completar la cuota mensual para la escuela y además me sobraba un poco para comprarme alguna cosa que yo quisiera. Cuando cumplí 18 y mi tío dejó de apoyarme, pues su economía ya no se lo permitía; así que tenía que tomar una decisión: trabajar el doble y encontrar una buena universidad, o trabajar de lleno.No fue sencillo, tenía que trabajar mucho para poder estudiar. Todas las mañanas iba a una fábrica productora de autos hasta las 5 de la tarde y de ahí a la escuela. Después de mucho esfuerzo logré conseguir mi titulo como abogado.Desde entonces puse mi oficina; al principio me era sencillo ayudar a los más desamparados y aquellos que buscaban justicia. Con el tiempo esa pasión se fue esfumando, pues la gente me buscaba para ayudarlos a salir de apuros graves que ellos mismos habían provocado. Me pagaron muy bien por esos casos; pero una parte de mi se fue muriendo, ya sólo ayudaba a aquellos que podían alcanzar a pagar mis altos honorarios, aunque mi cliente fuera culpable lograba que saliera sin cargo alguno. Así me convertí en uno de los mejores abogados de la cuidad, pero también el más miserable.
La gente que me rodea no puedo considerarla mi amiga, siempre tengo que andar cuidándome la espalda, vivo en un mundo lleno de hipocresía y mentiras. Pero ya no puedo más; hoy fue el día en que aquella poca honestidad, moral o rectitud que quedaba en mí, surgía nuevamente. Me negué a defender a un criminal, que había cometido una serie de delitos graves, entre ellos: un homicidio. Lo malo es que posee demasiadas influencias, y es prácticamente luchar contra todo un sistema corrupto. Para complicar aun más las cosas, me visitó también la persona que ha levantado la denuncia en contra de él. También me negué, me dijo que no podía pagarme la suma a la que estaba acostumbrado y me rogaba que luchara por una causa justa, pues todos sabían lo corrupto que era este tipo y no quería que más sangre inocente se derramara. Fueron muchas las suplicas y aun así no pude decirle que sí, pero tampoco pude rectificarle el no. Salí de la oficina, y corrí hasta aquí para poder despejar mi mente un poco.
Intento encontrar aquel momento en donde cambie mi moral por unos billetes que tanta falta me hacían. ¿Dónde deje aquellas ilusiones de ser el mejor abogado que defendía a aquellos que sufrían las injusticias? Me siento tan mal conmigo mismo, y es que recuerdo aquellos ojos suplicantes, las lágrimas rodando por las mejillas de esa mujer. Y mi frialdad y egoísmo, todo por no querer acarrarme problemas. ¿Cuándo fue que me convertí en este ser frívolo y manipulador?
Mientras en mi mente rodeaban todas estas preguntas, apareció ella. Justo ahí sentada a la orilla de la fuente, haciendo olas con su mano. Era tan bella, parecía que había salido de un cuento de hadas. Ese vestido de flores la hacía ver tan hermosa, el viento revolvía su cabello y dejaba mostrar esa cara angelical. Mi mente quedó en blanco y sólo podía admirarla, sentí el impulso de ir hacia ella; pero no me atrevía, como alguien tan maravillosa podía hacerle caso a un patán como yo. Me quede inmóvil, sólo la veía sonreír; quería detener ese instante y que perdurara por siempre. Tenía que conocerla, saber el nombre de ese ángel, que me estaba haciendo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que tal vez podría ser feliz.
Había algo en ella que me atraía, no sé si eran sus ojos color miel que contrastaban con su cabello o esa mirada soñadora que reflejaba fe, paz y amor. Sus labios eran rojo carmesí, parecían tan dulces e imaginaba su sabor y más deseaba probarlos. Encontrar a alguien así no pasa dos veces en la vida, así que me arme de valor y fui a hacia donde estaba ella, prefería ser rechazado a nunca haberlo intentado. La salude, y simplemente me sonrió y me pidió que me sentara a su lado. Me quedé helado, esperaba que me mandara lejos, me bofeteara o simplemente ignorara. Empezamos a platicar, ella reía sin parar de mis bromas; hablamos de música, comida, películas, ideologías y una que otra tontería. No podía creer que pudieramos tener tanto en común. La tarde se terminaba, el sol se escondía tras nuestras espaldas, la luz anaranjada iluminaba su rostro y yo le pedía a Dios que me diera un poco más de tiempo, no quería apartarme de su lado. Por fin me sentía feliz y tranquilo, sabía que podía luchar contra el mundo entero, ahora que había encontrado el motivo para regresar nuevamente a ser como aquel muchacho que creía la justicia y la verdad no eran algo que se podía comprar.
Parecía un sueño verla ahí junto a mí, jugando con su cabello y sonriéndome; en el firmamento apareció la primera estrella, ella me dijo que pidiera un deseo: y solamente quería volver a verla. La convencí de que también pidiera un deseo, ambos cerramos los ojos. Después de unos instantes, le pedí que me susurrara al oído su deseo. Se negó, diciéndome que si me decía su deseo no se haría realidad, pues quería verme nuevamente. Sonreí, no lo podía creer, sin esperar un minuto más la invité a salir. Nos veríamos nuevamente aquí al día siguiente. Nos despedimos y me dio un tierno beso en la mejilla.
Caminé de regreso a casa, saltando como un loco. Estaba feliz, no podía creer mi suerte. Después de un día tan malo, había ocurrido algo maravilloso. Estaba bailando a mitad de la calle, pensando que volvería a verla, y tal vez algún día podría bailar con ella, y tenerla entre mis brazos, y besar tiernamente sus dulces labios…
Escucho el sonido de la ambulancia, el murmullo de la gente; no puedo sentir mis piernas, no puedo moverme. ¿Qué me sucedió? Lo único que puedo recordar son aquellos ojos soñadores. Me duele la cabeza, me siento mareado.
Creo que no podré verla mañana, si tan sólo me hubiera fijado al cruzar la calle. No, esto no me puede estar pasando, tengo que verla de nuevo. Mañana tengo que llegar a la oficina y llamar a aquella mujer y aceptar su caso y por la tarde recorrer la ciudad al lado de aquel ángel que había conocido en el parque. Los médicos dicen que no tengo remedio, que dentro de poco falleceré. Dios por favor, no lo permitas; dame un soplo más de vida, déjame mirarla nuevamente. ¿Por qué la enviaste ahora, justo hoy cuando piensas llamarme a tu presencia? Aún tengo mucho que hacer aquí, no me lleves; dame aunque sea un día más. Un día que pueda pasar a su lado y recordarlo, quiero besarla y llevarme el sabor de esos labios carmín. Siento que mi vida se esta apagando poco a poco, ¿Por qué encuentro la dicha antes de partir? Me iré sabiendo que pude haber hecho más, pude haber tomado el caso y seguramente no la hubiera conocido. Maldita sea, quisiera regresar al instante antes del accidente, quisiera no estar postrado en esta camilla, esperando a que los médicos me den por muerto.